Puede ser que el otoño me esté trayendo
consigo residuos de romanticismo. O a lo mejor es simplemente una alucinación,
un espejismo, como esos que aparecen cuando más necesitas. Si, probablemente
sea eso: el mero hecho de necesitar un abrazo cálido que reconforte y que se
lleve consigo octubre y todo lo que conlleva. Pero ese romanticismo ilusorio es
el que está haciendo que te lea en la etimología de cada palabra, que vea tu
sonrisa en cada paso, que convierta tus ojeras en un lugar en que resguardarse
y tus manos un lugar en el que quedarse a vivir.
Pero sé que esta no es la actitud que se
espera de alguien como yo. ¿Debo luchar verdaderamente contra este romanticismo
ilusorio? Soy una simple mujer, sin ganas de complicarse la vida, sin sueños
lejanos, sin dependencia de nada más que de sí misma, sin necesidad de pagar
los pagos rotos de las relaciones pasadas de todo hombre que se le acerca.
En la simplicidad es donde me quiero
resguardar. En la simplicidad de la memoria, en la simplicidad de un gesto o un
mensaje, en la simplicidad de la certeza de que por fin, todo irá bien. No, no
quiero un romanticismo ilusorio.

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